Familia

La química del amor

El corazón tiene poco que ver con la llama del amor. El proceso biológico que se desencadena cuando comienza una conexión amorosa responde más al cerebro que al corazón. Una serie de reacciones hormonales y eléctricas impulsan el gran motor emocional que se siente mientras se experimenta el amor.

A nivel biológico ocurren procesos que desconocemos pero que determinan cosas importantes. Por ejemplo: si nos atraen personas con rasgos similares a los nuestros, el cerebro interviene para privilegiar la elección a través del olor de aquellas personas que tienen un sistema inmunológico muy distinto, así evitamos de manera instintiva enamorarnos de posibles familiares.

Nuestra biología nos guía para encontrar el equilibrio perfecto, no sólo cuando elegimos las caras y los olores. La llamada teoría de la correspondencia puede resumirse en la frase: «cada cual busca la pareja que cree merecer». Parece que antes de que una persona se fije en otra ya ha construido un mapa mental, un molde completo de circuitos cerebrales que determinan lo que le hará enamorarse de una persona y no de otra. En esto influyen factores insospechados como el tipo sanguíneo de alguien (A, B, AB, O), porque es más probable que se produzca la atracción entre personas del mismo tipo.

La conexión entre el sexo y el amor también complica las cosas. Después del orgasmo el sistema límbico del cerebro libera una hormona especial llamada oxitocina. Esto sucede en una parte del cerebro en la que sentimos el placer emocional. La oxitocina hace que la pareja se sienta más vinculada y cercana emocionalmente.

Pero hay algunas diferencias entre el cuerpo del hombre y el de la mujer. Algunos científicos creen que cuando la oxitocina se combina con una hormona femenina -el estrógeno- la mujer se siente muy cariñosa y conversadora. Pero cuando la oxitocina se mezcla con una hormona masculina -la testosterona- le provoca al hombre una necesidad incontenible de dormir.

Todos sabemos que podemos tener relaciones sexuales sin enamorarnos, pero si tenemos suficientes relaciones con la misma persona hay muchas posibilidades de que el sistema de hormonas nos aumente la necesidad de conexión con el otro y el resultado es lo que conocemos como «perder la cabeza por alguien». El organismo hace lo posible por unirnos a esta pareja, y eso precisamente lo convierte en una gran adicción.

Aunque los científicos aseguren que aquello que tiene que ver con el amor suele ser culpa de una hormona, lo cierto es que la combinación con una serie de factores psico-emocionales hacen la diferencia: el amor maternal y las relaciones filiales, las prolongadas relaciones de parejas que permanecen estables durante décadas, o las experiencias individuales de quienes son incapaces de forjar una relación duradera.

Las cosas del amor no son tan caprichosas como aparentan. Según el especialista en el funcionamiento del cerebro, Gareth Leng, científico de la Universidad de Edimburgo, la hormona oxitocina ayuda a forjar lazos permanentes entre amantes tras la primera oleada de emoción. La hormona actúa «cambiando las conexiones» de los miles de millones de circuitos cerebrales. Al explicar cómo se enamora el cerebro, Leng señala que la oxitocina ayuda a afianzar, por ejemplo, el vínculo entre una madre y su bebé. El detalle es que esta hormona se produce por igual durante un parto como en un orgasmo, así que las reacciones y la conexión dependerán de las circunstancias.

Mientras que el instinto de reproducirnos nos hace sentir la pasión del amor, en el caso contrario cuando lo perdemos, podemos acabar en depresión.

Cuando estamos enamorados de alguien el cóctel químico del organismo puede hacernos perder la razón, pero es imposible determinar qué nos eleva y qué nos hunde. Probablemente los científicos puedan responder a las preguntas: cuánto dura la pasión, si el amor puede ser para toda la vida o si es sólo un sistema de defensa que asegura la supervivencia de la especie humana.

Lo que sabemos es que nunca estaremos totalmente preparados cuando la maquinaria química y biológica se enciende en el cerebro y comienza a movilizar las conexiones de las neuronas, aunque tarde o temprano le echemos la culpa al corazón.

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